Cartografía de un cuerpo
en presencia vibrante
Análisis del trabajo de Grotowsky sobre las Acciones Físicas
Técnica Básica de Acciones Físicas
Maestro Fernando Montes
Por: Manuela Cárdenas

La vida no es ascenso,
sino respiración:
expande, contrae,
y en su vaivén traza la forma del tiempo.
Entre la sombra y la claridad.
La piedra espera,
y en su espera germina
la voluntad del brote.
El gozo no es la risa,
sino el instante anterior al canto,
cuando el aire sabe que va a volverse sonido.
Bella grieta,
temblor que antecede al equilibrio
Allí se esconde la alegría:
en lo que persiste sin promesa
Y entonces, de pronto,
como quien regresa a sí mismo después del sueño,
comprendo:
he sido tierra,
he sido piedra,
Vivir ha valido la pena.
Introducción
El trabajo de Jerzy Grotowski marcó un punto de inflexión en la concepción del actor contemporáneo. En su búsqueda de una verdad escénica esencial, Grotowski se alejó del teatro como espectáculo para adentrarse en una exploración espiritual y antropológica del cuerpo. Thomas Richards, su discípulo más cercano, recoge esta herencia en Trabajar con Grotowski sobre las acciones físicas (1995), donde documenta y desarrolla los principios de la última etapa del maestro.
Más que un manual técnico, este libro se presenta como una bitácora de investigación sobre la acción física como vehículo de transformación interior. A lo largo de mi lectura y práctica, he comprendido que el texto no busca enseñar a “actuar mejor”, sino a ser de otra manera en la escena y en la vida. Este ensayo propone una reflexión personal y analítica sobre los principales conceptos del libro y sobre cómo estos resignifican mi relación con el cuerpo, la presencia y la creación.
- La acción física: del gesto exterior a la verdad interna
Uno de los ejes más potentes del libro es la distinción entre el gesto y la acción. Richards explica que, para Grotowski, “la acción física no es una invención decorativa ni un signo, sino un proceso que involucra todo el organismo” (Richards, 1995, p. 27). Esta afirmación desplaza el centro del trabajo actoral desde la representación hacia la vivencia.
He comprendido que una acción física no imita una emoción, sino que la provoca orgánicamente. Es un acto que altera la respiración, el tono muscular y la atención, generando una consecuencia real. En este sentido, la acción es conocimiento encarnado. Como actriz, este enfoque me obliga a abandonar la búsqueda de “resultados emocionales” y concentrarme en acciones concretas y precisas: empujar, resistir, sostener, mirar. La emoción llega como consecuencia del cuerpo en acción, no como su causa.
- El cuerpo como laboratorio de conocimiento
Richards plantea que el cuerpo del actor es un “organismo de investigación” (p. 42), una herramienta de conocimiento que va más allá del control consciente. En el entrenamiento grotowskiano, el cuerpo no se prepara para representar algo, sino para revelar algo. Cada acción se convierte en una puerta hacia una dimensión más profunda de uno mismo.
Esta visión me ha transformado profundamente. En los ejercicios descritos — como la repetición de una misma acción hasta descubrir su raíz impulsiva —, comprendí que el cuerpo tiene memoria y sabiduría propias. Repetir una secuencia no es mecanizarla, sino escuchar lo que cambia cada vez. La práctica me enseñó a dejar de buscar la forma “correcta” y a prestar atención a lo que el cuerpo comunica cuando dejo de imponerle una intención racional.
El cuerpo, entonces, no es un medio para lograr una escena, sino un territorio donde ocurre la investigación. En palabras de Richards, “la acción física es una forma de conocimiento en sí misma, una manera de acceder a la vida interior a través del hacer” (p. 61).
- Atención, impulso y economía de la acción
Uno de los aspectos más complejos y reveladores del libro es el trabajo sobre la atención. Richards lo define como un “músculo invisible” que se entrena para sostener el presente (p. 73). La atención dirige la energía y da sentido a la acción; sin ella, el movimiento se vacía.
En mi experiencia, afinar la atención corporal me ha permitido descubrir la potencia de lo mínimo. Cuando mi foco se desplaza a una parte del cuerpo —la palma, mi centro, la nuca—, cambia completamente la calidad de la acción. Esa micro escucha me llevó a entender que la acción física no se mide en amplitud, sino en densidad.
La economía de la acción es otra noción clave. Richards afirma que “reducir no significa empobrecer; significa concentrar” (p. 86). Hacer menos, pero con más profundidad, genera una energía más real. Este principio me invita a despojar la actuación de adornos, a trabajar con la precisión del impulso. He sentido cómo una acción mínima —una mirada, una respiración sostenida— puede contener una presencia total si está verdaderamente encarnada.
Por último, el impulso aparece como el núcleo vital de la acción. No se trata de decidir moverse, sino de reconocer el pequeño empuje interno que precede a toda acción viva. En la práctica, esta noción me ha ayudado a confiar en mi cuerpo, a dejar que el movimiento surja sin planificarlo, y a trabajar desde una autenticidad que no se puede fabricar.
- La pedagogía de Richards: transmisión viva del conocimiento
En el libro, Richards describe su proceso de aprendizaje con Grotowski, donde la enseñanza no se da a través de conceptos, sino mediante la experiencia. “El maestro no explicaba: me colocaba en una situación de trabajo, y de pronto algo se abría” (Richards, 1995, p. 102). Esta forma de transmisión —no verbal, corporal, sensorial— me parece profundamente coherente con la naturaleza del trabajo físico, tal como ha sucedido en varios de nuestros encuentros en clase.
Richards enseña que la transmisión no es imitación: cada actor debe descubrir su propio proceso. El maestro solo propone estructuras de trabajo —partituras físicas, ejercicios de repetición, secuencias respiratorias— que permiten que el conocimiento emerja desde el cuerpo. Me resulta especialmente inspirador que Richards conciba el entrenamiento como un espacio de transformación, no de adiestramiento. El entrenamiento grotowskiano es una práctica ética: exige atención, respeto por el proceso, y una entrega que no busca éxito escénico, sino presencia verdadera.

- Del teatro al “arte como vía”
En la última parte del libro, Richards desarrolla la noción de arte como vehículo, concepto con el que Grotowski se distanció del teatro convencional para acercarse a una forma de trabajo ritual, íntima y espiritual. “No hacemos arte para el espectáculo, sino como una vía de autopenetración” (Richards, 1995, p. 143).
Esta frase me confronta. Me hace pensar en lo importante que es tener presente que somos herramienta para transformar, antes que a otros, a nosotros mismos. La escena deja de ser un lugar para mostrar y se convierte en un espacio para revelar la verdad del cuerpo. En mi proceso artístico, esto cambia radicalmente mi relación con el público: ya no actúo para ser vista, sino para compartir una experiencia de presencia.
El arte como vía me invita a entender la creación escénica como una práctica espiritual, donde el cuerpo se convierte en instrumento de conciencia. En este sentido, el trabajo actoral trasciende el oficio y se convierte en una forma de vida.
- Lo que se transforma de adentro hacia afuera
Después de recorrer este libro, expandí hacia otros horizontes mi mirada sobre la actuación. Me quedo con el concepto del cuerpo no solo como vehículo de expresión, sino como fuente sabia de conocimiento. Entrenar ya no significa “prepararse para actuar”, sino actuar mientras se entrena, porque el proceso mismo es el acto creativo.
En ese sentido, he comenzado a comprender la idea de resonancia que atraviesa silenciosamente el pensamiento de Grotowski y Richards: cuando el cuerpo está verdaderamente presente, no solo ejecuta, vibra. Cada impulso genera un eco que se propaga más allá del gesto visible, como si la acción física fuera una nota que toca también algo invisible. La resonancia ocurre cuando la energía que nace en el cuerpo no se apaga al cumplirse la forma, sino que continúa reverberando, transformando el espacio, al espectador y al propio actor.
He sentido esa resonancia en el entrenamiento: en el temblor que queda después de una acción sincera, en la respiración compartida del grupo, en el instante en que el cuerpo no actúa “para mostrar”, sino “para escuchar”. Allí entiendo que el cuerpo no es una herramienta de representación, sino un instrumento de vibración: una cuerda sensible que se afina con la presencia.
Me inspira profundamente el modo en que Richards describe la disciplina: rigurosa pero no rígida, espiritual pero no solemne. Me reta a sostener la atención, a habitar el impulso sin juzgarlo, a encontrar verdad en lo pequeño. En clase, he podido experimentar esa transformación cuando una acción repetida se vuelve orgánica, cuando el cuerpo responde sin que la mente intervenga. Es un momento breve, pero total: una chispa de verdad, una resonancia que permanece incluso después del movimiento.
Lo que más me conmueve del texto es que propone un tipo de actor que no busca la perfección, sino la presencia viva. Richards (1995) lo resume al decir: “El objetivo no es lograr una forma perfecta, sino encontrar la calidad de energía que sostiene la forma” (p. 118). Esa frase me acompaña en cada ensayo, como un recordatorio de que el arte no está en alcanzar una figura exacta, sino en sostener el pulso vital que la hace posible
Hoy sé que las acciones físicas no son un medio para alcanzar una emoción, sino el camino mismo hacia ella. El cuerpo, cuando actúa desde su raíz, se vuelve transparente. Y en esa transparencia, lo humano aparece.
Referencias:
– Richards, T. (1995). Trabajar con Grotowski sobre las acciones físicas (Trad. J. A. Sánchez). Barcelona: Alba Editorial.
– Grotowski, J. (2002). Hacia un teatro pobre. Buenos Aires: Paidós.
– Barba, E. (2010). El arte secreto del actor: diccionario de antropología teatral. México: Escenología.
– Schechner, R. (2003). Performance Theory. London: Routledge.





